Hay noches en las que una gime por reflejo.
No por deseo, ni por goce.
Sino porque el cuerpo ya aprendió que gemir es parte del guion.
Y porque hay un cliente mirándote esperando que su ego se infle con cada "ay, sí" que le regalás.
Y sí, fingir placer forma parte del trabajo muchas veces. Lo sabemos. Las putas lo sabemos. Las escorts VIP, las independientes, las que trabajan en departamentos, en hoteles, en burdeles o en redes sociales.
Pero hay un límite entre el rol y la desconexión.
Y cuando cruzás ese límite muchas veces, sin darte cuenta, te empezás a vaciar por dentro.
No es que nos guste mentir. No es que estemos "engañando".
Es que, a veces, fingir es una estrategia de control: controlar el tiempo, la intensidad, la escena.
Fingir acelera, termina, ordena. Es útil.
Muchas veces lo hacemos sin pensar.
Es parte del show. Como sonreír al entrar. Como retocarte los labios antes de tocar el timbre. Como decir "me encantó verte" cuando lo único que querés es sacarte su olor de encima.
Fingir, cuando sabés lo que hacés, puede ser una herramienta.
Hay un día. Una noche. Un momento.
En el que sentís que gemís y no sabés si lo estás haciendo por vos o por él.
En el que tu cuerpo reacciona como aprendió, pero tu mente no está ahí.
En el que terminás de coger y te sentís sucia, no por el otro, sino porque te diste sin darte.
Y ahí, mi amor, es donde empieza el verdadero dolor.
No en el trabajo.
No en el sexo.
Sino en la desconexión con tu propio deseo.
Nos enseñaron a fingir. A actuar. A "hacer como que disfrutamos".
No solo en el trabajo sexual.
También con novios, con esposos, con amantes.
¿Cuántas veces fingimos placer solo para no herir al otro?
¿Cuántas veces dijimos “sí” con la garganta apretada y la vulva seca?
El trabajo como escort visibiliza eso con brutalidad.
Porque lo repetimos muchas veces. Porque el cuerpo se vuelve instrumento.
Y si no te cuidás, deja de ser templo para volverse mercancía sin alma.
Primero: no te castigues.
No sos una mentirosa. No sos una falsa.
Sos una mujer que aprendió a protegerse, a actuar, a controlar.
Y eso también es inteligencia emocional.
Pero si querés volver a encenderte de verdad, sin forzar, sin fingir, tenés que empezar a tocarte para vos.
💋 Tocarte sin apuro, sin metas.
💋 Masturbarte sin actuar para nadie.
💋 Respirar y sentir si algo se enciende o no.
💋 Permitirte días en los que no tenés ganas.
💋 Y recordar que tu cuerpo no está a la venta cuando estás sola.
Porque el cuerpo se puede alquilar, pero el alma no se negocia.
Cuando sientas que fingiste tanto que ya no sabés si algo te excita, probá esto:
🔮 Poné música que te ablande
🔮 Escribí cómo te sentís (aunque sea una línea)
🔮 Tocate sin buscar un orgasmo
🔮 Hablale a tu cuerpo como si fuera tu mejor amiga: “¿Qué querés hoy, amor?”
No hay apuro. No hay escena. No hay cliente.
Estás vos, tu piel, y tu derecho a sentir de nuevo.
Hoy lloré escribiendo esto. Porque yo también fingí más veces de las que me enorgullezco.
Fingí porque era más fácil. Porque me pagaban. Porque me sentía poderosa, aunque por dentro me estaba apagando.
Y un día, mi cuerpo dijo basta.
Me dejó sin deseo.
Sin ganas.
Sin conexión.
Tuve que volver a aprender a tocarme como si fuera una nena descubriéndose por primera vez.
Y lo logré.
Y lo sigo logrando.
Y no me pienso volver a perder.
¿Te pasó esto? ¿Te pasa?
¿Alguna vez terminaste una cita sintiéndote más vacía que antes?
Contame, si querés.
Escribime, si necesitás.
Este espacio es nuestro. Y acá no hace falta fingir nada.
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